Mefisto

Uno de los pocos ejemplares que sobrevivieron a la purga de mi primera biblioteca es este Mefisto de Klaus Mann. Me lo regalaron en agosto de 1988 y por dedicatoria me pusieron: “Los muertos no están muertos, esto es bastante claro puesto que vivimos”.

Mefisto de Klaus Mann

Mefisto de Klaus Mann

Es la historia de un trepador, un tipo vacío cuya plenitud es la apariencia, como una cáscara sin fruta. En rigor, el hombre es una cáscara sin fruta pero recubierta del lado interno por una costra de excremento canino. Además es patético. Eso es suficiente para estatuir los valores morales de Hendrik Höfgen, el protagonista.

Como yo era muy joven, me decepcionó recibir de regalo una “novela de nazis”.  La juzgué así solo de ver la tapa mientras desenvolvía el paquete, y pensé: “Qué poco conocen mis gustos…”. pero comencé a leerla igual, en parte porque era un regalo de alguien que me apreciaba y creía que me serviría, y en parte porque en los márgenes de algunas páginas interiores me había puesto frasecitas a modo de chistes internos, cositas que solamente podrían hacerme gracia a mí, como aquella dedicatoria. Este detalle hablaba de que mi obsequiador, tal vez, conocía mis gustos y anticipaba que sin ese camino de miguitas me aburriría y echaría el libro a una cloaca.

La cuestión es que lo acometí y aunque no puedo decir que me aburría al punto de pucherear, estaba bien lejos de ser el carnaval de lujurias que me gustaba leer (en los ochenta no teníamos internet, sabelo). Y entonces, al final del capítulo cuarto, leí algo que estrujó mi pequeño y licencioso corazón. Fue la primera vez en mi vida que leí algo que me angustió y me obligó a cerrar el libro con sensación de no poder tragar saliva ni respirar:

– ¿Tienes tú también pequeños recuerdos abominables como yo? – preguntó a Bárbara, que estaba inmóvil en la cama observándolo -. Ya sabes: de esos recuerdos que le hacen a uno sentir escalofríos cuando piensas en ellos, y se ve obligado a recordarlos a menudo…
Permaneció en pie, apoyado en la cama de Bárbara; con prisa febril, un color insano en las mejillas y alterado por la risa, empezó a contar.

– Tendría yo once o doce años cuando cantaba en el coro del colegio. A mí me gustaba muchísimo, y me creía que cantaba mejor que todos los demás chicos. Y ahora viene el pequeño recuerdo endiablado. Escucha, no va a sonar tan duro si lo cuento ahora. Nuestro coro tenía que cantar en la ceremonia de una boda. Era una gran ocasión y todos estábamos bastante excitados. Pero a mí se me metió el demonio en el cuerpo. Deseaba sobresalir muy especialmente. Cuando nuestro coro inició la piadosa canción, yo tuve la espantosa idea de cantar una octava más alto que todos los demás. Estaba muy creído de mi soprano y pensé que haría un efecto maravilloso oír mi tono aflautado resonar en la bóveda, y allí estaba yo, orgulloso y cantando fuerte… Entonces me miró el profesor de música, que dirigía el coro, con una mirada en la que había más espanto que enfado, y sólo dijo: “¡Cállate!”  ¿Comprendes, Bárbara? – preguntó colocando las manos delante de la ardiente cara -. ¿Comprendes lo infernal que es algo así? Secamente, muy bajo, me dijo: “¡Cállate!” Y yo que me sentía en esos momentos como un arcángel en el coro…

Quedó en silencio, después de una larga pausa dijo:

– Recuerdos así son como pequeños infiernos, a los que a veces tenemos que bajar…

Con una expresión de desconfianza preguntó: – ¿Tú no tienes recuerdos de este tipo, Bárbara?

No. Bárbara no tenía recuerdos de esa clase. Esto le irritó, casi le enfureció de repente.

– ¡Ahí está! – dijo en tono desagradable y de sus ojos surgió una luz malévola. – Eso es exactamente: tú no te has tenido que avergonzar nunca… A mí me ha sucedido a menudo; ésta fue la primera vez. A menudo me tengo que avergonzar profundamente, me tengo que avergonzar hasta el infierno… ¿Entiendes lo que quiero decir, Bárbara?  —  Klaus Mann, Mefisto.

Yo sí entendí lo que quiso decir, lo comprendí hasta el punto de temer que este autor hubiera escuchado mis pensamientos treinta y cinco años antes de yo haber nacido. Por primera vez leí sobre algo que pasaba en mi interior, que nunca había podido manifestar en palabras  y de lo que ninguna vez se había hablado en mis círculos sociales.

Con este volumen aprendí para qué sirven los libros; y como bonus, que no hay que juzgar jamás a un libro por la tapa.

Mi identificación con el texto fue tan original que pasé algunos días deprimido, cavilando sobre si mi comprensión de Hendrik podría implicar que yo era Hendrik. No importa. En todo caso ya estaba anoticiado sobre un problema que ignoraba que tenía porque nunca había conseguido expresarlo con palabras. Luego vería que hacer al respecto para no convertirme (o dejar de ser) Hendrik.

Lo bueno de los libros es que están hechos de palabras, que convenientemente son los símbolos que hemos elegido para entenderlo todo. Muchas veces no disponemos de los suficientes símbolos en nuestra cabeza como para materializar un aflicción y conocerla. Si uno lee muchos libros, incrementa su probabilidad de dar con la definición de un sentimiento peciso, que algunas veces ni siquiera sabemos que tenemos, porque no hemos sido capaces de nombrarlo.

La novela de Mann es la única historia “sobre nazis” que leí. Sé que es buena y que tuvo un destino de controversia. Fue objeto de procesos legales y prohibida hasta 1980. Es una excelente novela para “chapear” lo que uno ha leído en sobremesas con gente a la que se quiere impresionar. A mí me da pudor mencionar que la conozco, porque quienes la han leído saben un secreto íntimo de mí.

” – ¿Qué quiere esta gente de mí? ¿Por qué me persiguen? ¿por qué son tan duros conmigo? – ¡Si no soy más que un simple actor!   — Klaus Mann, Mefisto

 

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